
Y qué si mi aire no vuelve a mezclarse con el tuyo? De qué, si ya no respiro.
De tus fronteras se apoderaron antiguos demonios, rostros milenarios que me apuntan con mirada negra; su risa perversa me invita a exterminarte -en tanto, tú duermes,
ignorándolo-. Entonces, te lloro. Te lloro y tampoco lo sabes.
No me hallarás cuando despiertes. Estoy al borde, Calandrio, humedeciendo el horizonte, revisándolo cuidadosadamente; luego, sólo imagino el ruido que produciría mi cuerpo golpeando contra la berma. Tomo conciencia de mis dedos, derraman escarcha en mi orilla provisional. Y ella, la orilla, me mira, se inclina y me mira, me sonríe silenciosamente mostrándome las esquinas. ¡Muerde mis límites, mis cordilleras! ¡Heme aquí!


0 Respuestas a “Extravío II”