Recorría un trecho del camino a casa, y ahí lo vi… venía hacia mí, corriendo. Tuve miedo, lo acepto.
Pero él pasó de largo, como si no le importase, ni siquiera me vio. Pero yo sí, lo vi.
Te perdiste, caminante, como si un pedazo de noche te hubiese tragado sin piedad, con incontenible devoción, acariciando tus sabias cabelleras trenzadas por el frio y el viento.
Huyo de mí, decía. ¡Déjenme correr!, ¿el loco viene?, ¿el loco? Y se rió sacarronamente, mordiendo su llanto. Me persiguen fantasmas de antaño. ¡Déjenme ir! -gritaba-. ¡Sáquenme de aquí!
Luego, acariciando sus castas alas, se elevó.
No estoy loco, Dios me tiene vergüenza.



0 Respuestas a “Extravío XIV”